Él se muestra al mundo diferente, casi inaccesible. Sus puertas están cerradas al mundo como un regimiento protege al castillo, como el castillo protege, en su interior, al indefenso. Murallas altas. Todo eso se camufla perfecto con su apariencia cálida y esa estela de luz que deja.
Así lo conocí. Hablándome de cosas que parecían triviales, pero que eran la contraseña para entrar a su acorazada mente y alma. Me costó entenderlo; quizás algo en mí sintió temor de no dar con la respuesta, de no acceder, pero sin pensarlo entré a un capítulo de su vida: una serie vertiginosa, un vaivén de emociones e intensidad que, si no aprendes a escuchar, te devora. Pero el descubrimiento lo vale.
Encontré a un hermoso gato de profundos ojos azules, infinitos como el cielo. Sus cabellos ensortijados se enredan en mis manos al acariciarlo; no sabe cuánta calma me da hacerlo. Es una pausa en el tiempo. Un respiro, un abrigo, un refugio.
Siempre rodeados del ruido ajeno, coartamos los movimientos y las miradas para no incomodar con nuestra comodidad; sin embargo, cuando todos los ojos a nuestro alrededor se han apagado, la energía fluye. Hoy, por primera vez, pude sentir su ronroneo como un canto nocturno; hoy lo vi felino, pude sentir su calor y reforzar la idea de paz. Su piel pálida vibraba con cada abrazo, irradiando calor y empapándome de nerviosismo. Me gustó sentir la suavidad de su espalda, esa mezcla de inocencia y madurez.
A ratos se dibujaba una figura masculina de la que trataba de huir. Ganas de arrancar no porque no la quisiera cerca, sino porque tenerla así mezclaba atmósferas. Aparecen preguntas y recordatorios que limitan con la realidad y me hacen tocar tierra. Vuelve el gatito a acurrucarse; podría pasar mucho tiempo así, en suspensión.
Esto está mal, mas está perfecto. Respiro y decido salir de ese castillo antes de acostumbrarme.